
En la noche estrellada, sobre el cielo gris retumbante, iluminado por segundos de luz, corro espada en mano hacia ese destino, encomienda en mano y un mensaje que no entiendo y que no cuestiono. Corriendo en el juego vuelo, floto y vuelvo a correr. Pareciera que la lluvia no tiene fin en mi rostro y en mi ropa cada vez más mojada. Sé que soy feliz siendo quien soy, viviendo la vida que elegí.
Cerca de mí, la carretera; templos naturales de rocas ancianas y un desierto que vive en su permanente magia silenciosa donde sólo rompen mi caminar secreto, el ruido y las luces de los viajeros; viajeros que pareciera que viven en un mundo tan distinto al mío y al mismo tiempo a mi lado, transitando en una vida que hace mis relucientes ojos sobreabrirse.
Una vida en la que uno de los transitantes cuenta a su hijo en historias sobre rayos, truenos y centellas; historias que abundaban en los pueblos y los ranchos de los abuelos, que por generaciones se traspasaron perdiendo las imágenes que las acompañaban.
Respiro y me deslizo suavemente hacia la tierra y por "accidente" se crea un intervalo entre la palabra, el ímpetu y el corazón, traslapándonos en un simultáneo ver y ver tan raro como el loto, tan sencillo y olvidado como creer y verme en los ojos de un niño que me ve y me persigue sin permiso en el despertar que hacen cuando chocan dos estrellas. No me preocupo, soy más viejo y sé mi camino que continuará hasta perderlo en un rayo.
-Así es, joven, en mi fiero caminar me ves porque lo que Ben los que cierran los ojos es lo único que a final de cuentas terminamos por ver, y eso es el sinfín etznab lak ech-




















